Inés tiene cincuenta y seis años, un divorcio reciente y un restaurante en Madrid que ya no es suyo. Cuando el taxi la deja frente a la casa cerrada de su madre, en una parroquia de la ría de Pontevedra, no sabe si ha vuelto para quedarse o solo para cerrar puertas. Lo único que sabe decir, cuando su hija Carmen le pregunta cómo está, es: «Voy a estar».
En la panadería se cruza con Dani, el chico al que besó a los dieciocho y al que no había vuelto a ver en treinta y ocho años. Él restaura barcas de madera. Ella sabe hacer una caldeirada como la hacía Carmela. Entre los dos, sin prisa, empiezan a aparecer la idea de un local pequeño cerca del puerto, una mesa de castaño, una cocina que vuelve a oler a algo.
Voy a estar es una novela pausada y luminosa sobre volver al sitio del que una se fue, sobre el amor que llega tarde y a tiempo, sobre los grelos, el pan recién hecho y la ría a lo lejos. Sobre cómo, a veces, lo único que hay que hacer es quedarse.