Weston Clark es un inglés arrogante y estirado.
Bonnie MacEwen es una escocesa apasionada y terca.
Ambos están sujetos a un contrato matrimonial que ninguno quiere cumplir y están decididos a ponerle fin.
Él necesita que sea ella la que rompa el compromiso, y está dispuesto a viajar hasta las Highlands y verse con sus seis hermanos para lograrlo.
¿Quién ganará en ese duelo de voluntades?
EXTRACTO DE LA NOVELA:
—Mozo, ¿puedes indicarme si la yegua que hay fuera está preparada para mí?
—Primero me confundes con una criada y luego con un mozo de cuadras. Menos mal que no me ofendo con facilidad —repuso una voz femenina que reconoció al instante. La figura salió de detrás del animal, y Weston se encontró frente al rostro pecoso de Bonnie MacEwen—. Creo que ya va siendo hora de que nos presentemos formalmente —añadió tendiéndole la mano en señal de tregua.
Weston fue incapaz de devolverle el gesto, demasiado anonadado por su aspecto. Sus ojos se dilataron al recorrerle la figura con la mirada. Llevaba el cabello cobrizo recogido en una trenza floja que dejaba varios rizos cayendo alrededor de su rostro de forma descuidada, y vestía una camisa blanca y unos pantalones que se ajustaban a sus piernas sin pudor.
«Unas piernas increíbles, por cierto», pensó con aprecio. Eran muy largas y esbeltas, y quedarían perfectas rodeándole la cintura.
Al sentir que se excitaba se obligó a levantar la mirada, y entonces sus ojos se percataron de que llevaba varios botones del cuello de la camisa desabotonados de forma provocativa.
El inusual conjunto le resultó perturbador por las sensaciones que provocó en él, todas ellas indeseadas viniendo de su aún más indeseada prometida.
—No puedo creer que tus hermanos dejen que te pasees por ahí vistiendo de forma tan indecente —soltó antes de pensar—. Las mujeres no pueden usar pantalones.
Supo que había metido la pata al ver que la sonrisa amigable de la muchacha se borraba al instante, y se arrepintió de sus palabras. No era un mojigato, pero… ¡maldición, llevaba pantalones! ¿Cómo esperaba que reaccionara al verla?
—Confundes comodidad con indecencia —repuso ella alzando el mentón de una forma muy digna. En ese momento se dio cuenta de lo alta que era para ser mujer, solo unos veinte centímetros más baja que él. Si la cogiera entre sus brazos, encajaría a la perfección contra su cuerpo—. Es un desatino montar a horcajadas con vestido —añadió dando una explicación lógica que no era razonable en absoluto.
—¡Las mujeres no pueden montar a horcajadas! —farfulló escandalizado.
—«Las mujeres no pueden ejercer la medicina». «Las mujeres no pueden usar pantalones». «Las mujeres no pueden montar a horcajadas» —recitó ella usando las palabras de Weston—. Mientras los hombres continuéis diciéndonos lo que no podemos hacer, las mujeres más lucharemos para demostraros que sí podemos —afirmó con pasión.
Todas las novelas de «El Club de los Canallas» son autoconclusivas, aunque se recomienda seguir el orden de la serie para leerlas.
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