Ella mide estrellas fugaces. Él vende deseos.
Abril Lasarte es astrofísica y no pide deseos. Una estrella fugaz es un grano de polvo que se quema antes de tocar el suelo, y el polvo no concede nada. Ella tampoco pide nada a nadie. Nunca.
Nacho Villarroya es el técnico del observatorio de la Muela, en la sierra de Teruel. Lleva tres años recibiendo sus órdenes por correo. Ella firma «A. Lasarte». Él contesta con el parte del tiempo y alguna impertinencia. No se han visto nunca.
Hasta este invierno.
Abril sube a la montaña a medir cinco lluvias de estrellas. Son sus cinco noches y las necesita enteras. Pero la primera se encuentra la explanada llena de coches, cien personas con el móvil encendido y los dos telescopios que necesita vendidos a los visitantes de Nacho.
El director no piensa elegir. Tendrán que repartirse la montaña por escrito, cláusula a cláusula. Y cuando la nieve corte la carretera, también la única habitación con estufa.
Él sabe quién tiene frío, quién no ha cenado y quién le debe un favor. Ella sabe la hora exacta de todo. Ninguno de los dos sabe pedir lo único que quiere.
Una comedia romántica de invierno, contada a dos voces, con un pueblo de ciento doce vecinos que opina de todo, un décimo de lotería a medias y una sola estufa. Autoconclusiva y con final feliz.
Para leer con manta.
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