Kezia Ludd lleva once años deshollinando las chimeneas de Somers Town y, desde que murió su marido, lo hace sola. O eso le dice a cualquiera que pregunte.
En el desván sobre su casa ennegrecida por el hollín duermen tres niños que no pertenecen a nadie. Nim, que no sabe escribir su propio nombre pero lleva doscientas chimeneas grabadas en la cabeza. Bird, que no ha pronunciado una sola palabra en diecinueve meses. Tuck, cuya tos empeora con cada helada. No existe un solo documento en Inglaterra en el que aparezcan sus nombres, y en el patio de Kezia hay una regla que nunca se discute: nadie sube arriba.
Entonces el Parlamento aprueba una nueva ley. A partir del treinta y uno de diciembre, todos los deshollinadores deberán disponer de un certificado policial, y la solicitud exige el nombre de cada persona que trabaje para ellos.
Si los nombra, pierde su oficio y quizá también a los niños. Si declara que no trabaja nadie para ella, conserva su caballo, su patio y su sustento, a cambio de un precio que tendrá que pagar cada mañana durante el resto de su vida.
Y cuando un incendio en una elegante hilera de casas deja muerta a una criada y aparecen las huellas de las manos de un niño marcadas en el hollín por encima de un recodo de la chimenea, un perito galés de una compañía de seguros contra incendios llama a su puerta con preguntas que conducen directamente al pasado de su difunto marido.
¿Cuánto vale la verdad cuando podría costarte a todas las personas que amas?
Su marido juró que había subido al muchacho a un tren con destino a Kent. El sepulturero recuerda haberlo enterrado.
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