A las siete y cuarenta suena el teléfono fijo de la Guardia Civil. Sin oficio. Sin firma. Una fuente fiable.
Irene Castells lleva nueve años decidiendo qué contenedores se abren en el puerto de Santa Marina. Es analista de riesgos en la Aduana, una mujer que cuenta los escalones de la pasarela cada mañana y que en todo ese tiempo solo ha revocado tres levantes. Esa mañana revoca el cuarto porque se lo piden por teléfono, y dentro de una caja de piñas de Costa Rica aparecen cuatrocientos doce kilos de cocaína colocados donde ningún narcotraficante los pondría: al fondo, contra la pared, para que los encuentre un escáner y no una cuadrilla. Dos días después lee en un registro de la terminal el nombre del hombre que movió ese contenedor de noche hasta el único rincón sin cámaras. Es el de su hermano.
Nacho Castells es estibador. Debe dinero, debe favores y le deben a él un martes que no llega. Lamia Benali es abogada de oficio y le toca defender a Hamid, un camionero marroquí de veinticuatro años que llegó a recoger una carga que nunca iba a salir y que lleva en prisión desde el primer día sin que nadie le explique por qué. Y en la noche en que España cambia la hora, cuando el reloj salta de las dos a las tres, alguien abre con una tarjeta la puerta de los vestuarios del puerto a las dos y cuarenta: un minuto que, según todos los registros, no existió.
Cada uno tiene algo que perder. Irene, una plaza en Madrid que lleva años esperando y una pareja que ha dejado de esperarla a ella. Nacho, a su hija de siete años, que ya ha aprendido a decir que papá mueve cajas de noche. Lamia, a alguien de su propia casa.
Santa Marina es una ciudad portuaria del Mediterráneo que no está en el mapa y se parece a varias que sí. Una familia es dueña de la terminal, del almacén de la zona logística y de la fundación que compra, casa por casa, el barrio de los estibadores. Un comandante de la Guardia Civil consigue incautaciones que nunca firma. Una sargento apunta en una libreta lo que no entra en los atestados. Y tres personas que no se conocían, una funcionaria, un estibador y una abogada, descubren cada una por su lado que lo difícil no es averiguar quién metió la droga, sino quién decidió que la encontraran.
Gancho ciego es novela negra de procedimiento y de barrio: cómo funciona de verdad una unidad de análisis de riesgos, un sorteo de estibadores a las siete de la mañana, un juzgado de guardia en Jueves Santo, un precinto de alta seguridad y un confidente que lleva años cobrando. No hay héroes, no hay un asesino que descubrir ni un disparo en todo el libro. Hay un puerto, un sistema que decide qué no mirar, y la hora que desapareció.
Es la primera novela de la serie Santa Marina, cinco libros sobre un puerto, la familia que lo posee y las personas que lo trabajan, con los mismos protagonistas y una ciudad que cambia con ellos. La serie continúa en Aguas muertas.
Para lectores de novela negra mediterránea, realista y sin concesiones.
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