Una enfermera, un panadero y una pésima idea
Soy Marta Echevarría y tengo dos normas en la vida: no enamorarme de nadie con quien tenga que convivir y no permitir que nadie me diga cómo hacer mi trabajo.
Soy enfermera. Lo de salvar vidas se me da bastante bien. Lo de tomar decisiones que no terminen complicándome la existencia, en cambio, es una asignatura pendiente.
Por eso, cuando acepto una plaza en Villamar de la Ría, un pueblo del norte de España donde la niebla no levanta, el pan se hornea antes del amanecer y los vecinos saben que has llegado antes de que tú misma encuentres aparcamiento, espero empezar de cero.
Un trabajo nuevo, una casa nueva y una vida tranquila.
Ja.
Mi primer paciente es un niño intoxicado después de comerse un bollo de la panadería del pueblo. Mi primer problema tiene nombre y apellidos: Teo Ceballos, panadero, dos metros de hombre y una cantidad de cabezonería que debería estar regulada por Sanidad.
Teo lleva harina en las manos, orgullo en el apellido y cinco generaciones de panaderos respaldando cada una de sus malas contestaciones. Yo llevo un título, un código deontológico y muy poca paciencia para los hombres que creen que pueden discutir conmigo porque tienen los hombros anchos.
Hago mi trabajo. Presento un informe sanitario.
Él lo llama una denuncia.
El pueblo lo llama una guerra.
Y yo empiezo a sospechar que Villamar de la Ría tiene demasiados habitantes y demasiado poco que hacer. Pero lo peor está por llegar.
El techo de la casa que acabo de comprar decide venirse abajo. Literalmente. Mi nueva vivienda se convierte en un peligro para la salud pública y mi cuenta bancaria empieza a sufrir una crisis nerviosa.
¿Mi única alternativa? Alquilar la habitación libre que hay encima de la panadería de Teo.
Sí, habéis leído bien. Voy a vivir encima del hombre al que acabo de declarar la guerra.
Las condiciones son sencillas: no tocar la masa madre, no hablar antes de las siete y respetar las normas de una casa en la que, por lo visto, manda todo el mundo menos yo.
Ah, y hay una abuela que no oye, un gato que me odia sin haberme dado siquiera la oportunidad de decepcionarlo y un solo baño.
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Una comedia romántica con un panadero gruñón, una enfermera de armas tomar, convivencia forzosa y un amor que se cuece a fuego lento. Porque algunas reglas están hechas para romperse… y algunos corazones, para encontrar su hogar.
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