Una tiene que caerse bien desayunada.
Gladys Maritza Obregón tiene cincuenta y tres años, dos divorcios, ciento doce ángeles de porcelana y un puesto de cajera en una tintorería de Hialeah. Un sábado pisa un mango en el supermercado, un adolescente la graba y cuarenta mil desconocidos la ven caer. Gladys lo entiende de inmediato: el universo por fin corrigió un error administrativo.
Desde ese día decide hacerse famosa por accidente, con horario, pizarra de corcho y marcador rojo. Pronto la rodean un coach de espontaneidad que se queda con el treinta por ciento de todo, un fabricante de fajas con GPS que habla como Napoleón, un guardia de centro comercial convencido de que San Judas Tadeo dirige una red criminal, una granja de cuatro mil seguidores falsos y una agencia que mide las lágrimas con pipeta.
Una sátira desternillante sobre la fama, las redes sociales y lo difícil que es caerse de verdad cuando todo el mundo está mirando.
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