El dolor purifica, la pérdida corrompe.
Leah no está bien. Nunca lo ha estado del todo, pero ahora ni siquiera es capaz de distinguir qué parte de sí misma sigue siendo suya.
Después de tocar fondo, se aferra a lo único que parece ofrecerle redención: un lugar donde el silencio se respeta, el cuerpo se somete y el alma se limpia.
Quiere ser digna. Quiere vaciarse de todo lo que la corrompe, aunque para ello tenga que arrodillarse, obedecer y aprender a sufrir sin resistirse.
Pero hay mandamientos que no se cuestionan. Rezos que no se explican. Y cuerpos que dejan de pertenecerse cuando son ofrecidos.
El color blanco estaba destinado para ella.
Quizás a modo de castigo.
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