En el nicho 31 no había nadie. Nunca lo hubo. Su madre llevaba quince años pagándolo.
Lucía Calderón lleva siete meses al frente del cementerio municipal de Ramblaseca. Le gustan las normas porque las normas no abandonan a nadie. Por eso está ella delante cuando se abre el nicho que una mujer de los Andes ha pagado cada dos de noviembre desde 2011.
Detrás del cemento no hay ataúd. No hay huesos. Solo polvo y una fecha escrita con un clavo. Y según el Registro Civil el muchacho de la foto nunca murió.
No es un error. En la misma galería hay cinco nichos iguales.
Cuatro los pagan cuatro madres de un mismo rincón de Ecuador. Sus hijos trabajaban en los invernaderos del hombre más poderoso de la comarca. A todas les dijeron lo mismo. El corazón. A todas les llega cada año una foto con flores frescas.
El quinto lo paga alguien que no es la madre de nadie. Siempre al céntimo.
Lucía nació en Guayaquil. Su padre también trabajó para ese hombre. Cada pregunta le cierra una puerta. El alcalde quiere silencio antes de Todos los Santos. El funerario le trae café con voz de pésame. El antiguo encargado jura que no se acuerda. Y al otro lado del océano alguien ya ha ido casa por casa a decirles a las madres que esa funcionaria quiere tirar a sus hijos a la fosa común.
La suspenden. Le quitan las llaves. Pero queda una llave que no figura en ningún inventario. Y una sola noche antes del dos de noviembre.
Un thriller sobre los muertos que nadie apuntó y las madres que nunca dejaron de pagar.
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