Toda casa que da luz tiene un cuarto oscuro. El de la familia Reboredo se llama Dionisia.
Sabela lo descubre cuando el sol empieza a dolerle: cuando se sorprende cruzando la plaza por la sombra, cerrando la tienda al mediodía, apartándose de la luz como quien se aparta de un fuego. Su abuela Mariña lo sabía —lo llevó sesenta años sin que se le notara— y le dejó una caja sellada y una carta con una instrucción terrible: «cuando le moleste el sol».
Dentro hay papeles de 1763, una acusación vieja y una página arrancada del propio libro de la botica. Dionisia Reboredo, curandera de la casa, muerta en 1811 sin misa y sin piedra, enterrada en un rincón del camposanto donde nadie planta nada. La familia no la castigó por lo que hizo: la castigó por lo que era. Y lo que era corre también por las venas de Sabela, ahora que su sangre ha despertado del todo.
Mariña aguantó sola. Sabela no piensa repetirlo. Pero la solución no está en ningún cuaderno: está a dos horas y media de camino, colgada entre la sierra y el acantilado, en el santuario al que ninguna mujer de su familia fue jamás. «A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo.» Dionisia no fue de viva. Habrá que llevarla.
Y no puede ir sola. Para cerrar doscientos dieciséis años de silencio hará falta el pueblo entero: el cura y la alcaldesa, la tabernera y la maestra, los viejos que saben de cadenas y los niños que hacen muñecos de lana para el camino. Una romería como no se ha visto en el valle: ir a buscar a los que no pudieron venir.
Tercera y última entrega de La botica de la meiga. El secreto de la familia Reboredo y la historia de Sabela e Iago llegan a su desenlace entre niebla, humor y una comunidad que aprende a nombrar a los suyos. La casa paga sus cuentas. La casa queda.
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