Sócrates decía que únicamente sabemos qué es lo placentero, si antes hemos experimentado qué es lo doloroso; es decir, aprendemos mediante el contraste. Sin embargo, en esta vida se nos ha enseñado más de aquello que es disfrutable, como si evitar hablar de ciertos temas considerados desagradables nos pudiera ahorrar sufrimiento en el futuro. Aquellos que nos hemos atrevido a indagar en esos temas sin prejuicios sabemos que no es así.
En las siguientes hojas, Michelle no sólo da la pauta para hablar de un tema tan difícil como lo es el suicidio, sino que lo hace desde una filosofía y experiencia propia. La vida misma se convierte en un buffet; y es con esta analogía que el platillo del suicidio se vuelve más digerible y entendible, más no por ello deja de ser difícil de asimilar.
Sus palabras se convierten en un diálogo cada vez más personal, con un toque crítico, ácido y crudo al revelarnos la mente de alguien que vive esta gran interrogante en carne propia y que se pregunta constantemente sobre el sentido no sólo de la vida, sino de todo aquello que también la rodea.
¿Qué nuevas preguntas surgen una vez que miramos al platillo del suicidio como uno más? Esto es lo que sus palabras nos vienen a mostrar.
Que la vida es simple, quizá. Más nadie dijo que por ello es sencilla, ni mucho menos igual para todos.
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